El vino es un producto sensible: la luz directa, el calor y los cambios bruscos de temperatura son sus principales enemigos. La regla básica es guardarlo en un lugar fresco, oscuro y estable, idealmente entre 12 y 16 grados.
Las botellas con corcho deben conservarse acostadas, de modo que el líquido mantenga húmedo el corcho y no entre aire. Si la botella tiene tapa rosca o se guarda solo por algunas semanas, la posición vertical no es problema.
Una vez abierta una botella, los tintos aguantan bien dos o tres días cerrados en la heladera —sí, aunque parezca raro, el frío los protege— y los blancos y espumantes conviene consumirlos dentro de las 48 horas. Un simple tapón hermético hace una gran diferencia.


