El Malbec llegó de Francia, pero encontró su hogar en Argentina. En los viñedos de altura de Mendoza —muchos por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar— la amplitud térmica entre el día y la noche permite obtener uvas maduras con acidez fresca, algo poco habitual en tintos de este estilo.
El resultado son vinos de color profundo, aromas a frutos negros y violetas, taninos redondos y un final amable. Esa combinación explicó el éxito mundial del varietal y convirtió a Argentina en su referente indiscutido.
Para disfrutarlo en casa, servilo entre 16 y 18 grados, idealmente con carnes a la parrilla, empanadas o quesos madurados. Y si querés explorar, probá comparar un Malbec de valle bajo con uno de altura: la diferencia de frescura se nota en la primera copa.


